La forma más efímera de creación es el movimiento: apenas lo concretas, desaparece, pero para lograrlo, has creado una intención, una secuencia conectada de pequeñas partes de ti, un esfuerzo y una expresión. Lo hacemos habitualmente sin notarlo. Cuando emprendemos la tarea de movernos desde una intención amorosa de reconciliación y libertad, el movimiento pasa de ser de creativo a sanador.

¿Con qué nos reconciliamos cuando trabajamos desde el cuerpo? Con la vida misma. El cuerpo lo contiene todo: presente, pasado e incluso futuro. Hay una relación entre el cuerpo y su calidad de postura y movimiento, con las experiencias vividas, sobre todo lo emocional, que nos predispone.

Lo no dicho, lo no expresado, lo evitado de sentir, lo adormecido, se manifiesta silenciosamente en la postura corporal. Una tristeza no considerada ni llorada, hace que nuestros hombros permanezcan caídos y el pecho hundido, causándonos una limitación al inspirar, una pesadez al caminar, una predisposición a dolencias pulmonares, una incapacidad de observar la realidad de manera ecuánime y, una desarmonía en la energía que nos lleva cada vez más hacia el aislamiento.

¿Tanto queda en el cuerpo luego de una emoción? No, solo queda cuando esa emoción se ha vivenciado de manera condicionada, limitándola en sentirla o expresarla. Cuando transitamos las experiencias emocionales con autogestión consciente, reconociéndolas, regulándolas y expresándolas de manera sana, recuperamos la tonicidad general de nuestro ser, sin arrastrar la propia historia.

El cuerpo se regula desde el movimiento. Y las emociones, como experiencias completas que son, no pueden ser únicamente gestionadas desde la mente, es demasiado esfuerzo luchar contra una postura fijada o una resistencia a sentir. Y en cada movimiento hay una historia. Considerado desde la consciencia, el movimiento se convierte en una foto de larga exposición que nos relata cómo llegamos hasta aquí. Cuando lo observamos con atención, comprendemos como sanar.

Entonces, nos disponemos a entrar en el cuerpo y conocer nuestra propia historia allí guardada, nos movemos con intención de reconciliación, para sentir lo adeudado y darle a ello el espacio amoroso que se merece, y así comenzar a expresarlo de manera creativa: creando una forma sana y conducente de manifestar lo que está pendiente y también lo que acontece.

El movimiento que responde a necesidades sentidas y reales es sanador… sea un movimiento del espíritu, del alma, de la energía o del cuerpo. Cuando además lo hacemos conscientemente, aprendemos y facilitamos el proceso.

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(Foto de Ahmad Odeh en Unsplash)


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