Lo creativo es una confluencia en un espacio tiempo. Es encarnar la posibilidad de manifestar lo que se vino gestando, a través del tiempo, con los aportes naturales y fluidos, incluso inconscientes, de infinidad de seres.

Confundimos creatividad con arte, por ello tal vez es mejor hablar de creación… pero entonces nos sentimos intimidados. Solo los seres magníficos, supremos, son creadores (o eso nos hicieron creer).  Todos tenemos la potencialidad de la creación, más aun las mujeres, pero no es exclusivo de ellas. Pero tomar la posibilidad de crear, es decir, de manifestar en un determinado espacio-tiempo, algo que previamente no existía, requiere cierta maestría.

Es la maestría de saber detenerse, escucharse y escuchar a las millones de hormigas trabajando a su alrededor, complotando hacia lo nuevo. El continuo movimiento de la vida es creación. Está en nosotros tomar una hebra y tejer lo nuevo. La energía está allí, disponible, en espacio entre los tiempos, por ello considero que crear es, en primer lugar, un detenimiento, un ordenamiento con el sentir, coherencia con lo posible.

Luego viene la acción. No hay acto creativo solo en la mente. Para crear necesitamos del cuerpo, de lo material. Nos servimos de los elementos para moldear una nueva figura. Si la idea queda en la mente, no es creada, es solo pensada. Y allí fallan la mayoría de las personas: se quedan en su mente, sin animarse a transitar los desafíos del creador.

Ciertamente crear no es nada fácil. Lidiar con lo material, corporal, concreto, vincular y sentido, es desafiante. Implica adaptación, fluidez, liberar la idea y dejar que se cree sola. Queremos controlar los frutos de nuestra creación, su devenir, sus comportamientos, sus consecuencias y así detenemos, limitamos la vida.

El acto creativo dura un momento, ínfimo, fugaz, para quien no lo observa, pasa desapercibido. Luego lo observado es lo ya creado, quien no conoce la historia cree que eso lleva años existiendo. Por lo cual, el acto creativo es muy intimo, personal.

Acompañamos las creaciones, las nutrimos y empoderamos hasta que caminan solas, como los hijos que en algún momento se van del nido.

¿Cuándo es que nos damos cuenta que nuestras creaciones ya no nos pertenecen?

Tal vez nunca, tal vez siempre. Lo que creamos surge de una confluencia previa. Millones de seres, sintientes y no, colaborando hacia la continuidad de la vida, por ende, de la creación. Entonces, esto que creo ni siquiera es mío. Yo solo soy la que encarna la posibilidad de manifestarlo, porque están dadas, en mi momento presente, las condiciones para realizarlo. Incluso, esas condiciones no me pertenecen, son parte del fluir de la totalidad.

A esto le llamamos “interdependencia”. El budismo habla de esto como la ausencia de una entidad fija o específica que permanece –anatman-. La insustancialidad de todo lo que existe no lo hace inexistente o hueco, sino todo lo contrario: lleno, completo, integrado por la totalidad de lo que existe en continuo movimiento interdependiente.

De esta manera, las creaciones son de todos, independientes de sus creadores, pero al mismo tiempo, hijas de estos. Comprendo, que lo único que me resta, luego de cada acto creativo, es agradecer a todos los seres, conocidos y no conducidos, vivos y muertos, sensibles y no sensibles, que permitieron esta creación que se manifiesta a través de mí, en este aquí y ahora, y de la que soy madre/padre.

Gratitud y humildad ante la creación, incluso por parte del creador. Esto es posible por las millones de hormigas que llevan haciendo su trabajo por eones.

(Quienes asisten a mi estudio a practicar, comprenden esta analogía: tuve una invasión de hormigas durante el verano, incluso un hormiguero en una maceta. Gratitud a ellas, colaborando con mi tarea de creación.)


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